Científicos colombianos en el área de Ciencias Sociales y Humanas

Alfredo Molano Bravo

Publicado el:: 11-05-2006

Alfredo Molano, rebelde por naturaleza, descubrió una manera novedosa y válida de hacer sociología. Escritor, periodista y columnista editorial, ha recorrido el país buscando historias de colonización y violencia, temas que lo apasionan.

Alfredo Molano Bravo
Perfil elaborado en abril de 2006

Año 1956, hora 5:30 de la mañana. Un niño de 12 años, arropado hasta las narices, monta en su caballo durante casi una hora para llegar a la carretera que de La Calera conduce a Bogotá. Allí toma un transporte que lo lleva hasta su colegio. Por el camino se va quitando los guantes, el gorro, la chaqueta y el saco. Para él Bogotá es como tierra caliente.

Alfredo Molano se crió en una finca ganadera y agrícola, al lado de sus padres, hermanos, pricmos y tíos. Sus amigos fueron más los hijos de los campesinos que sus propios compañeros de colegio, a pesar de que recorrió varias instituciones educativas de la capital, no precisamente por ser un santo. De uno lo echaron por darle un puntapié a un cura que le había propinado un coscorrón. "Es que me gustaba más mirar por la ventana que al tablero", explica.

Entre cultivos de papa y trigo, las vacas y el ordeño, se sentaba horas a oír las historias y los cuentos de sus amigos de potrero, porque nunca los tuvo de barrio. Así fue conociendo las diferencias sociales, las injusticias con el campesinado, la vida rural de las montañas andinas y con ello fue moldeando una personalidad analítica, crítica, sensible, rebelde, hasta contestataria. Esa fue la primera razón por la cual resolvió estudiar sociología.

Sus padres, mientras tanto, le tenían organizado otro destino. Para seguir la tradición familiar, habían hecho gestiones para que estudiara derecho en la Universidad del Rosario, puesto que no fue difícil asegurar, pero por debajo de cuerda, Molano se presentó en la Universidad Nacional de Colombia. Como no era buen estudiante, nunca creyó que pasaría. Pero pasó y no lo dudó un segundo. Esa rebeldía que se hacía más visible a medida que maduraba fue la segunda razón para estudiar sociología. Dejó atrás la presión familiar y con su mochila y sus tenis, que siempre lo acompañan desde entonces, se presentó a clases el primer día.

La tercera razón tiene que ver con la influencia de algunos de sus profesores de historia, geografía, filosofía, en cuyas clases no se distraía por estar mirando por la ventana, sino a quienes seguía con atención; además se convirtió desde entonces en un lector de tiempo completo.

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Una sociología distinta

Iba en la mitad de la carrera cuando la facultad entró en crisis, por dos vertientes muy marcadas: por un lado el enfoque académico norteamericano, funcionalista, y por otro, una mirada más crítica de las realidades colombianas, que fue ocupado por académicos formados en la Alemania de los años 50, "profesores muy conocedores del marxismo académico, de la filosofía clásica alemana", recuerda. Interesado en sacar el mejor provecho de esa crisis, decidió absorber lo mejor de cada vertiente: "la cercanía con el barrio, con la vereda, pero también esa formación de biblioteca, de academia pura". Todo ese conocimiento a través de profesores de la talla de Orlando Fals Borda, Camilo Torres, Eduardo Umaña Luna y Gerardo Molina.

Esa ruptura significó grandes polémicas que se manifestaron en un abierto cuestionamiento al sistema. "Las dos corrientes habían puesto distancia frente a la sociología que el establecimiento necesitaba, sociólogos más dóciles, que le dijeran a los patronos o a los políticos qué hacer para resolver sus conflictos con sus empleados o con sus bases", explica.

Una vez graduado empezó a recorrer el país, junto con algunos de sus compañeros, contratado por el Incora para apoyar el desarrollo de la Reforma Agraria del gobierno de Carlos Lleras Restrepo. "Nos pagaban por hacer la revolución", recuerda con cierta nostalgia, aunque aclara que él nunca fue comunista... "más bien anarquista".

Esa experiencia le dio una segunda posibilidad de conversar con los campesinos y conocer más elementos de su vida cotidiana y del conflicto social que se vivía entonces.

Luego, como profesor en la Universidad de Antioquia, participó en grupos extra-académicos que organizaba Estanislao Zuleta, donde se hablaba sobre economía política, filosofía, literatura y  psicoanálisis. Esos debates "me permitieron alojar la experiencia personal que traía de la Reforma Agraria y darle un sentido más histórico y más político". Su sociología se fue volviendo más humanista y crítica.

Resolvió entonces viajar a París, a buscar el doctorado, aprovechando que el rector de la de Antioquia lo echó, como en los viejos tiempos, esta vez junto con otros doce profesores.


A su regreso, y "traicionándome un poco", recuerda, "yo venía con la intención de hacer un estudio sobre la renta de la tierra y escogí los llanos orientales, una región que yo conocía desde niño. El material que conseguía por medio de encuestas, buscaba hacer una sistematización estadística del sistema productivo, de la comercialización. Pero eran estadísticas muy deficientes que, aún sin serlo, no tenían ni el vigor, ni la fuerza de los relatos y de los cuentos que los campesinos me contaban". Fue allí, realizando ese trabajo de campo, cuando tomó la gran decisión de su vida: dejar atrás esa sociología académica, tradicional, de encuestas y estudios estadísticos, y dedicarse más a las historias de la gente.

Eso lo ha convertido en un excelente conversador, un historiador y un gran periodista, que sigue recorriendo el país buscando historias de su gente, de sus viejos, con un objetivo claro: tratar de encontrar lo que hay detrás de todos los procesos de colonización, de la guerra de los años 50, de los conflictos sociales desde las reformas liberales de los años 30. Y empezó a publicar. "Las historias de vida fueron quizás dos o tres libros inicialmente sobre la colonización del Guaviare, de la Macarena, del Caquetá. Eran libros que habían roto con esa tradición académica, trataban de capturar todo ese riquísimo material de la historia personal de la gente, que no era la historia del caudillo, ni del general, ni del arzobispo, sino la historia de gente común y corriente que uno se encontraba en un camino, en un bar, a la salida de misa".

Pero la limitación en la distribución de los libros, con tirajes de 2.000 ejemplares en el mejor de los casos, hizo que Molano buscara otra forma de comunicarse con la gente y empezó a conquistar los medios masivos de comunicación. Inició escribiendo reportajes y crónicas para El Espectador, y luego produjo una serie documental para la televisión, Travesías. "Recorría todo el país a pie, en lancha, en bus, en lo que fuera, recogiendo historias de la gente y filmando dónde vivían, cómo eran, el trabajo que hacían. Yo creo que le mostramos al país ese otro país que ignoraba o que simplemente rechazaba, el de los colonos, de los negros, de los indios, de los campesinos".

Este giro a una sociología más literaria y periodística le ha costado el rechazo de algunos de sus colegas que lo dejaron de considerar un científico social, un investigador. "Yo hago mi trabajo fundado en premisas éticas y en perspectivas políticas, en el sentido de perseguir una sociedad distinta, más igualitaria y más justa. Para hacerlo he apelado a los medios masivos de comunicación porque los libros tienen un impacto limitado y el mundo académico es de una estrechez y de un dogmatismo que impide que el país se dé cuenta de sí mismo".

Pero también le ha generado satisfacciones, como el premio de periodismo Simón Bolívar al mejor reportaje para televisión por el programa Chenche: la fuerza de la tierra, de la serie documental Travesías.

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Producción y divulgación

Como el historiador inglés Eric Hobsbawn, Molano cree que los rasgos principales de la historia de Colombia se pueden resumir en dos temas: la colonización y la violencia. "La colonización ha sido la forma como la nación se ha formado, como ha reaccionado a la concentración del poder y de la tierra, a las desigualdades. Encierra la historia nacional porque tiene una dinámica propia. Comienza a ser un proceso de apertura de la selva, pero termina siendo un proceso de concentración de la tierra y por lo tanto siempre está acompañada de violencia".

Colonización y violencia son los temas que le han quitado el sueño y hasta la tranquilidad desde la década de los años 80. "Me los encontré cuando eran temas que nadie trataba. Es decir, se tomaba en cuenta a los campesinos, pero no a los colonos; a la sociedad rural, pero no esa expansión, que son las áreas de frontera, justamente donde la guerrilla se fortalecía históricamente, pero también donde nació el cultivo de la coca, en esas condiciones de colonización. Los últimos 25 años de la historia nacional están jalonados por esos dos fenómenos: la guerrilla y la coca. Aunque los tratan como un solo fenómeno, son dos realidades distintas: el cultivo de la coca nace de unas condiciones sociales y económicas, y la guerrilla tiene un condicionamiento adicional que es la condición política".

En su estilo particular, donde la fuerza del relato está en el testimonio de sus personajes, desde 1985 Molano ha escrito quince libros, entre los que se destacan Desterrados, Trochas y fusiles, Selva adentro: una historia oral sobre la colonización del Guaviare y Los años del tropel: relatos sobre la violencia. "Los testimonios recopilados por Molano son una forma alternativa de reescribir la historia desde la perspectiva de sus protagonistas más afectados", dice la docente del Regis College Lucía Ortiz, en su disertación sobre "Pasado y presente de la violencia en las crónicas de Alfredo Molano".

Para llegar a audiencias más grandes, escribe ensayos para revistas universitarias y especializadas, pero principalmente busca visibilidad en los artículos periodísticos que publica regularmente en el semanario El Espectador, así como sus contribuciones al diario El Tiempo, El País (Madrid), El Periódico (Barcelona), y en las revistas Gatopardo, Cromos y Cambio 16.

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De vuelta a La Calera

Alfredo Molano tiene hoy 62 años. Cuando no está viajando entrevistando a los protagonistas de las historias de Colombia, y ahora de los países vecinos, se sumerge en su casa de La Calera, prende la chimenea, pone un buen disco de música clásica y se dedica a escribir.

Le satisface ver que sus escritos tienen acogida en ciertos sectores. "Hablo de la gente que me lee y siente lo que yo digo. Me gratifica saber que lo que hago le llega a alguien y que alienta una utopía que yo he perseguido y que la gente también de alguna manera persigue".

Molano vive de su producción literaria. Actualmente se mueve entre los artículos para la prensa y la producción de programas de televisión. "Al criticar al establecimiento he desdeñado algunos de sus beneficios, como por ejemplo las pensiones. Siempre he trabajado individualmente para defender mi libertad de pensamiento y de expresión. Vivo de lo que me pagan por mis artículos. Pienso seguir hasta donde las manos me den y los ojos me permitan".

Vive el presente, goza de sus hijos y de sus nietos, quienes lo acompañan con frecuencia en su refugio de las montañas andinas. "Pero la vejez se acerca a pasos gigantescos, no la puedo evadir, tengo que afrontarla, y pienso hacerlo como he afrontado siempre los conflictos de mi vida: peleando".