Científicos colombianos en el área de Ciencias Sociales y Humanas

Florence Thomas

Publicado el:: 07-03-2008

Estudiosa de los símbolos y los significados, Florence Thomas es símbolo en sí misma. Como uno de los rostros más visibles del feminismo en Colombia, ha aportado desde la Universidad Nacional reflexiones inaugurales y acciones políticas a un movimiento que lucha en todo el país por los derechos de las mujeres.

Florence Thomas
Perfil elaborado en febrero de 2008

No sólo la inequidad de género en las tareas del hogar o la discriminación laboral fueron las causas de que hacia finales de la década del 70 algunas mujeres colombianas optaran por el feminismo para hacer realidad sus reivindicaciones. Curiosamente, las académicas que en la misma época crearon el Grupo Mujer y Sociedad, de la Universidad Nacional, también tomaron dicho rumbo debido a que su militancia en partidos de izquierda reproducía prácticas patriarcales que negaban a la mujer como sujeto de derechos y sujeto político.

A comienzos de los 80, todos los jueves a las 12 del día, con una empanada y un yogurt de almuerzo, y “con la disciplina que tienen las mujeres cuando se les mete el bichito de cambiar el mundo”, siete académicas de los departamentos de Trabajo Social, Antropología, Historia y Psicología se daban cita en la oficina de Florence Thomas, francesa de nacimiento, psicóloga formada en la Universidad de la Sorbona de París y Magíster en Psicología Social.

“Por supuesto, este colectivo de mujeres despertaba comentarios despectivos por parte de los colegas masculinos, que se preguntaban qué se cocinaba en estas reuniones de los jueves”, recuerda la académica. El propósito de la reunión era trabajar textos de la literatura feminista del momento, hitos como El segundo sexo, de Simone de Beauvoir, entre otros libros europeos o norteamericanos.

Thomas había llegado a Colombia en 1967 en compañía de Manuel Morales, un colombiano del cual se enamoró en París, padre de sus dos hijos: Nicolás y Patrick. Florence quedó encantada con el país, sus gentes, con el níspero, el lulo y los encapuchados de la UN, a los que conoció en calidad de docente extranjera cuando irrumpían, con pasión juvenil, a sus clases de Psicología Social para difundir consignas sobre un mundo más igualitario.

Tanto Florence como las mujeres del Grupo Mujer y Sociedad habían optado por el feminismo con la esperanza de materializar lo que ellas creían debía ser la casa, el amor, la maternidad, la paternidad, el trabajo, la participación política e incluso la academia. Para la fecha de creación oficial del Grupo, 1985, después de superar la resistencia institucional y de más de cinco años de estudio juicioso de la literatura feminista, la mayoría de ellas, madres y esposas, se había divorciado.

En un proceso de análisis sobre lo que les pasaba y en medio de una inmensa solidaridad de género, Florence Thomas, Yolanda Puyana, María Himelda Ramírez, María Eugenia Martínez, Juanita Barreto, Guiomar Dueñas y Lya Yaneth Fuentes empezaron a circular en sus cátedras e investigaciones ese nuevo saber que estaban construyendo. Organizaron el simposio Mujer y vida cotidiana, que por primera vez en la historia del país congregó a más de 300 mujeres de todo el territorio nacional en el auditorio Camilo Torres de la Facultad de Ciencias Humanas, demostrando así que los estudios de género eran una necesidad apremiante en el país.

Un poco más tarde se inició el curso de contexto llamado “La cuestión femenina”, que lleva 15 años sin interrupción. De las investigaciones del Grupo nacieron textos y publicaciones sobre la mujer en la época de la Colonia y en el siglo XIX, sobre las madres comunitarias, la feminidad y masculinidad en los medios masivos de comunicación y sobre violencias intrafamiliares, entre muchos otros.

Los textos de Florence en defensa de la mujer, la lucha política y jurídica que ha liderado por los derechos de todos los excluidos (mujeres, gays, lesbianas, negritudes e indígenas), y los espacios mediáticos que ha colonizado desde su columna quincenal en el diario El Tiempo y en entrevistas de televisión, la han convertido en uno de los rostros más visibles del feminismo en Colombia, siempre con el acompañamiento de las mujeres del Grupo Mujer y Sociedad, que hoy día son más de diez.

A pesar de su condición de europea y de su acento francés, ha logrado traducir el complejo lenguaje académico a códigos universales que están al alcance de mujeres de todas las condiciones sociales e intelectuales. No obstante, goza de especial admiración y aceptación en los sectores populares.

En la defensa de los derechos femeninos, ha recorrido toda Colombia, de la Guajira al sur de Pasto y del Chocó a la frontera con Venezuela, con un trabajo tan apasionado que incluso comprometió su salud en los últimos meses del año 2007. “Ahora me lo tomo con más calma, pero con el mismo compromiso”.

{* title=Una imagen habla más que mil palabras}
Una imagen habla más que mil palabras
También yo, como ustedes, he podido estudiar, amar libremente, escoger desde una muy recién inaugurada anticoncepción cuántos hijos tener y estar en el lugar donde estoy por algunos méritos propios. Sin embargo, me hice feminista porque, a diferencia de ustedes, fui siendo consciente de mis privilegios y a la vez de todo lo que la historia adeuda a la inmensa mayoría de mujeres que no han tenido las oportunidades que la vida nos ha ofrecido a ustedes y a mí.

Así escribió Florence Thomas el 30 de octubre de 2007 en su habitual columna de El Tiempo, a propósito de los 50 años del voto femenino y tratando de entender por qué en Colombia existe un odio casi endémico hacia el feminismo y las feministas. En su caso, ese sentimiento se materializa en múltiples correos electrónicos que critican sus columnas. Paradójicamente, muchos de esos mensajes provienen de mujeres.

 “Dentro del ambiente de intolerancia que está atravesando el país, Florence ha sido blanco de una crítica muy agresiva. Es una andanada de violencia verbal que su hijo Nicolás intenta no la alcance cuando revisa su mail”, comenta la profesora María Himelda Ramírez, quien fue estudiante de Florence Thomas en los años 70 y una de las fundadoras del Grupo Mujer y Sociedad.

Según la académica, Thomas ha contribuido a los estudios de género con investigaciones sobre símbolos y significados relacionados con sexismo en las culturas populares. Así las cosas, aportó trabajos pioneros sobre el análisis de la telenovela nacional como reproducción de jerarquías de género, desigualdad y subordinación.

“Las telenovelas, las fotonovelas y la música popular mostraban en la década del 70 a una mujer sufriente, dependiente y expectante en relación con la figura masculina. Por ello, a través de textos inaugurales como El macho y la hembra reconstruidos, Florence hizo una crítica aguda a esa imagen de mujer y hombre, así como al ejercicio de la violencia simbólica y física en el hogar”. Ello le permitió dar un paso hacia la identidad femenina y la identidad masculina, tema de sus siguientes publicaciones”, comenta María Himelda Ramírez.

“Cuando yo llegué a Colombia en la década del 60, no encontré mujeres sino mamás y no encontré padres sino machos”. De esta forma Thomas explica la vieja estructura patriarcal de la sociedad colombiana (aún presente en algunas generaciones), según la cual las mujeres hallaban su plena realización como esposas y madres, dejando atrás aspectos tan importantes como su intelecto, su sexualidad, sus derechos reproductivos, su independencia económica, su condición laboral y el ejercicio político. “La maternidad era un proyecto de vida que teníamos que asumir como una especie de fatalidad biológica”.

Contrario al contexto colombiano, la Francia que formó a esta académica desde que nació hasta los 24 años, cuando llegó a Colombia, reconocía a la mujer como sujeto de derechos, le había abierto hace mucho las puertas de la universidad y del trabajo y avanzaba a pasos agigantados hacia la legalización del aborto (1975), con antecedentes como la aprobación de la píldora anticonceptiva.

Muchos años han pasado desde su arribo al país y hoy en día le satisface saber que la utopía de un mundo en el cual exista más igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres es cada vez más viable. Las colombianas se convirtieron en ciudadanas al elegir y ser elegidas, accedieron a la educación superior y por esa vía al mundo del trabajo, deciden si quieren o no optar por la maternidad, están aprendiendo a decir “mi cuerpo es mío”, pueden recurrir a un aborto legal en tres casos excepcionales y existe una normatividad que debería garantizar su presencia en cargos públicos (Ley de Cuotas). La mayor parte de estos logros se los adeudan las colombianas a las feministas y, en general, al trabajo de organizaciones como el Movimiento Social de Mujeres.

“Madres e hijas ya entendieron que ser realistas es pedir lo imposible. Con su particular realismo pidieron lo imposible y están logrando volverlo poco a poco posible”, comenta en uno de sus textos. Sin embargo, hay mucho por hacer todavía: en Colombia no se ha entendido la ganancia derivada de escuchar a las mujeres. “En ese plano podría decirse que somos todavía demasiado invisibles”.

{* title=Lo que nos une}
Lo que nos une
“A menudo me pregunto por qué me escuchan las mujeres y he descubierto que ello obedece a que tenemos en común una historia de maltrato y de discriminación. Nuestro pasado de esclavitud data de hace cinco mil años, de allí que al menos una abuela, una tía o nuestras madres hayan sido vulneradas. Por esa razón me reconozco en las colombianas de todos los estratos”.

Con la seguridad de que esa historia en común debería darnos a las mujeres una autoridad incuestionable para exigir un cambio, Florence ha producido reflexiones que van de lo teórico a la acción, como Los estragos del amor, texto en el que señala: “la mujer ama desde su propia vulnerabilidad, mientras que para el hombre la fidelidad es una renuncia a la convicción de su propia potencia”.



En hacerse hombre hoy: cambiar o morir, contesta a las preguntas ¿cómo responden los hombres a los cambios de la mujer?, ¿cuáles serían los elementos de otro paradigma de masculinidad? y ¿por qué los hombres se resisten al cambio? Por estas y otras tantas obras se puede señalar que su aporte académico es incuestionable. En palabras de María Himelda Ramírez, Florence contribuyó de manera decisiva a la conformación de un pensamiento feminista crítico en el país. “Existen otras académicas de renombre en Medellín y Cali, que también aportaron discusiones en los años 70, pero Florence fue clave para Bogotá y para la Universidad Nacional. Ser extranjera le dio ciertas libertades de pensamiento que difícilmente se podrían emprender con tanta fuerza desde el país”.

Por ejemplo, su apuesta por el amor se tradujo en esta frase: “yo soy yo, tú eres tú y en el reconocimiento de esa diferencia vamos a aprender a amarnos, sabiendo que los dos estamos profundamente solos”.

{* title=Hijos del proyecto feminista}
Hijos del proyecto feminista
Florence se ha desempeñado desde 1985 como directora del Grupo Mujer y Sociedad, colectivo que ahora tiene muchas y muchos más integrantes que el equipo inicial. Dicho grupo logró consolidarse a comienzos de siglo como una de las opciones más serias del país para investigar con perspectiva de género, a través de una Escuela de Estudios que ofrece dos especializaciones y una maestría. Esta última cursa en la actualidad su séptima promoción.

Florence ya está pensionada de la Universidad Nacional, pero sigue liderando el Grupo Mujer y Sociedad, quizás porque la UN fue el enlace con Colombia, fue su razón de continuar en el país e incluso el motor de su vida familiar. Sus hijos vivieron la universidad y la universidad vivió en su casa (uno de los dos es Antropólogo de dicha institución). “Ellos se sentían muy orgullosos de que fuera profesora de la Nacional. Incluso Nicolás, cuando niño, jugaba con muñequitos miniatura a los policías y encapuchados, simulando las pedreas”.

 Varias de las grandes discusiones de Mujer y Sociedad, como la de la legalización del aborto, se dieron en la sala de su apartamento, con sus hijos presentes. “Un día una estudiante nos contaba angustiada que estaba embarazada y no se sentía preparada para ser madre. En ese momento uno de los niños le preguntó con total inocencia: ¿y vas a abortar? Siempre hablé con franqueza con mis hijos, nunca les oculté nada”.

Nicolás y Patrick (35 y 39 años) han sido dos hombres educados en la lucha por la equidad de género y actualmente tratan de ser consecuentes con dicha apuesta. Uno de ellos hizo a Florence abuela de un pequeño vallenato hace nueve años. “Todas las feministas tratamos de sembrar en nuestras hijas e hijos una semilla para un nuevo mundo, de allí que sean conscientes de que no deben repetir la historia que nos condujo al feminismo, pero nunca logramos darles la fórmula mágica para evitarlo”.

Al respecto, habla con cierta crudeza, apasionamiento y con la sabiduría que caracteriza su discurso: “ese paso de la casualidad de haber nacido mujer a la conciencia crítica de serlo en una sociedad machista no es fácil, porque muchas mujeres han logrado sacar ventajas de ser un objeto sexual. Muchas no quieren preguntarse nada, especialmente las mujeres de estratos socioeconómicos altos, mientras que las de estratos bajos y medios son más críticas porque no tienen nada que perder y sí mucho por descubrir”.

Flora Milda Jerez Cortés, coordinadora académica de un colegio público de la localidad de Kennedy en Bogotá y quien supo del movimiento de Florence cuando estudiaba Matemáticas en la Universidad Nacional en la década del 80, opina de la académica: “es adorable, un personaje a seguir por la claridad de sus conceptos, por ese acercamiento a lo femenino y la forma tan linda en que le hace ver a la mujer su realidad, logrando que eleve su autoestima y que cultive sus valores”.

Siempre dispuesta a escuchar a sus pares de movimiento, pues considera un error metodológico inmenso que el feminismo se fraccione, sigue luchando desde la academia, desde las organizaciones no gubernamentales, como consultora de instituciones del Estado y desde el Congreso para lograr cada día condiciones más justas para las mujeres de todos los niveles sociales e intelectuales.

El último tema de debate en el Grupo Mujer y Sociedad es precisamente el que le da hoy en día un sello a los estudios de género en Colombia: el impacto del conflicto armado. “Una realidad que nos invadió a finales de los 90 y que nos metió de lleno en los estragos sufridos por las mujeres del país”. Tiene claro que no puede acabar el conflicto armado, pero guarda la esperanza de que el respeto por el cuerpo de las mujeres y la garantía de ciertos mínimos dentro del conflicto sean próximamente otro de los logros que le entregue el feminismo a las colombianas.