Científicos en el área de Ciencias Sociales y Humanas

Jaime Arocha

Publicado el:: 20-10-2007

El antropólogo Jaime Arocha ha dedicado parte de su vida académica a la reconstrucción histórica de la diáspora africana, sus permanencias culturales en Colombia y el seguimiento a las luchas de quienes pertenecen a uno de los grupos más excluidos y violentados de la nación. Aunque la realidad que viven estas sociedades no sea la más amable, conserva la esperanza de que la fortaleza organizacional derive algún día en la reparación del daño sufrido.

Jaime Arocha
 Perfil elaborado en octubre de 2007

No es integrante de las culturas afrocolombianas y tampoco se crió propiamente en sus áreas de influencia, sin embargo, las defiende con tenacidad, en público y en privado, a través de investigaciones y cátedras que apuntan a demostrar su papel fundamental en la conformación de la nación y el aporte de lecciones de convivencia pacífica, cuidado del medio ambiente, conservación de la identidad y sueños de paz.

A lo largo de 30 años de ejercicio profesional, Jaime Arocha Rodríguez ha tratado de recorrer parte del Eje Cafetero, de ambos litorales, del Caribe Insular y de la zona plana del norte del Cauca en busca de información que le ayude a documentar la riqueza de las “Afrocolombias” y el racismo que se ejerce contra sus miembros.

 Por esa razón, como uno de los fundadores del Grupo de Estudios Afrocolombianos de la Universidad Nacional de Colombia, intenta posicionar en el currículum académico de la escuela y la educación superior la discusión sobre la segregación de la que son objeto estos colombianos.

“Muy pocos quieren escuchar y aceptar que en Colombia se asiste a una combinación entre determinismo racial y determinismo geográfico. El primero sostiene que, supuestamente, existen razas inferiores y razas superiores, y el segundo, se caracteriza por el discurso referente a que el atraso, el salvajismo y la incapacidad de raciocinio son propios de las regiones tropicales, cálidas y húmedas, en contraste con el progreso que se le atribuye a la zona montañosa”. En opinión del académico, superar este paradigma contribuiría a hacer justicia con descendientes de comunidades agredidas desde hace más de 400 años.

 Sus investigaciones hasta la fecha han girado en torno a la génesis de lo afro, las características de las culturas que han creado los descendientes de los cautivos africanos en Colombia, incluyendo los sistemas productivos sustentables y su relación con el medio ambiente, los medios de resolución pacífica de los conflictos que afloran con sus vecinos indígenas o campesinos, así como los efectos del conflicto armado que les es ajeno, incluyendo la inserción urbana de los desplazados.

 En la opinión del antropólogo, el mayor problema que enfrenta su disciplina es la invisibilidad de la que han sido objeto estos grupos por cuenta del ‘andinocentrismo’, una forma de pensar muy arraigada en los colombianos. “Por ejemplo, en el Chocó, considerada una de las zonas más biodiversas y ricas del mundo, no se consulta con las comunidades afectadas las políticas que se ponen en marcha en la región, el gobierno central no se ubica desde las lógicas y la cultura de los pueblos étnicos y eso se traduce en megaproyectos de desarrollo infraestructural y económico, liderados por multinacionales, como el del monocultivo de la palma aceitera. Debido a la deforestación que implica y a los insumos químicos que requiere, esa forma de producción industrializada perjudica al ecosistema de selvas húmedas tropicales y aniquila los terrenos cuyo cultivo desembocaba en la seguridad alimentaria de los lugareños. De igual forma, a ellos los transforma, de campesinos autónomos, en unos trabajadores cuyas condiciones socioeconómicas son parecidas a las que rodearon la vida de los esclavizados”.

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Orígenes de una pasión
 Este académico estaba destinado a la Ingeniería Mecánica, carrera que cursaba hacia 1963 en la Universidad de Los Andes, en Bogotá, su ciudad natal. No obstante, un trabajo de extensión universitaria de su alma máter lo llevó al departamento de Córdoba, territorio caribe, y lo puso de frente a la gente de ascendencia africana, de la cual quedó enamorado al ver un fandango y estremecerse ante el ritmo de las cumbiamberas, cuyos manojos de velas iluminaban los cobres de la banda pelayera (grupo musical).

“—Bailen muchachos—, nos dijeron, pero en dos ocasiones estuvimos a punto de ser objeto de sendas puñeteras: una, cuando sacamos a bailar a unas muchachas que estaban debajo del alero de una casa grande y señorial. No sabíamos que su localización indicaba que ya se habían casado y tan sólo podían bailar con el permiso de sus maridos. La segunda fue cuando rehusamos soltarles nuestras parejas a los hombres que se nos acercaron en pleno baile y nos dijeron ‘dame el barato’. Con todo y la vergüenza por las equivocaciones, de esa fiesta salí con una nota mental que decía ‘Sociología en la Nacional’, a la cual la reemplazó la afirmación de ‘un fandango me volvió antropólogo’”. Leer el testimonio completo.

El evento coincidió con la presencia en su universidad de dos figuras claves para la Antropología en el país: Gerardo y Alicia Reichel-Dolmatoff, pioneros de los estudios de arqueología y antropología cultural sobre la gente de la llanura Caribe y la Sierra Nevada de Santa Marta. En un curso que hoy llamaríamos “de contexto”, le abrieron las puertas de dicho saber a más de un joven que luego abandonó sus estudios iniciales para seguir el rastro de tiestos, culturas antiguas y vigentes. Junto a la de ellos, la de Nina de Friedemann fue otra de las grandes influencias académicas que recibió Arocha. Esta antropóloga bogotana, de ancestro boyacense, hizo grandes aportes a los estudios afrocolombianos entre los años de 1970 y 1990.

Adelantando en su compañía una investigación relacionada con el etnodesarrollo de los grupos negros en Colombia, se enfocó en las “concheras”, mujeres que se dedican a extraer el molusco piangüa de los manglares ubicados entre Tumaco y Guapi (Sur del Cabo Corrientes). En ese trabajo de campo ratificó que la Antropología debía dejar de ser neutral ante las violaciones de derechos humanos que sufrían continuamente indígenas y afrodescendientes. “En el transcurso de la etnografía (descripción detallada de la tecnología, formas de producción, organización social y política y universos simbólicos compartidos por una comunidad) que le dio vida al libro De sol a sol se consolidó en mí una convicción de que los antropólogos nos debemos a los pueblos para los cuales trabajamos y no necesariamente a la comunidad científica”, recuerda.

{* title=Desarraigo forzado}
Desarraigo forzado
“En las mañanas y tardes y atardeceres y noches siguientes, los hijos del Atrato, con los nervios en punta, sentían que sus muertos no se encontraban en paz. ‘Los velorios, el novenario, los alabaos, las oraciones, los adulatorios y los responsorios, rituales propios de los negros, se habían quedado sin realizar’. Las cantadoras, sobre todo, sabían más que nadie lo que significaba pasar por alto esos protocolos mortuorios. ‘Los 48 niños masacrados, por otra parte, se habían quedado sin el ‘guali’, esa costumbre africana, conocida también como ‘chiguala’, en la que el cuerpo sin vida del pequeño es alzado de mano en mano mientras se canta, se baila y se juega con él’. Era así como las comunidades negras festejaban al niño que, muerto, se escapaba de la esclavitud. Ahora, no habían tenido la ocasión de festejarlos por haberse librado del infierno de la guerra”.

Este testimonio sobre la masacre de Bojayá, efectuada por la guerrilla FARC el 2 de mayo de 2002 en el Atrato Medio, Chocó, refleja uno de los grandes impactos que ha tenido el conflicto armado en las poblaciones afrocolombianas del Pacífico en las últimas décadas. La mañana de ese fatídico día, la población se vio en medio del fuego cruzado entre guerrilleros y paramilitares que se disputaban el territorio, y 300 pobladores decidieron ocultarse en la capilla San Pedro Apóstol, sin saber que minutos después la guerrilla dispararía contra la edificación tres cilindros de gas- bomba, uno de los cuales destrozó el techo, cuyos fragmentos mutilaron a 114 hombres, mujeres y niños y le quitaron la vida a otros 119 que también se ocultaban a la espera de que un milagro los salvara.

“El éxodo forzado que ocasionó el hecho, impidió que los sobrevivientes realizaran los ritos fúnebres a los cuales estaban acostumbrados antes de enterrar a sus familiares, dándole un golpe mortal a su cultura”, señala el profesor Jaime Arocha. Precisamente esa realidad que viven estos nacionales por cuenta del conflicto armado es su último tema de investigación, que se articula a un esfuerzo de su grupo de estudios para lograr “que la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación enfoque de una manera más decidida la desposesión territorial y social de la cual han sido objeto los afrodescendientes, no sólo como consecuencia de la guerra, sino de modelos de desarrollo que pasan por alto los derechos que la Ley 70 de 1993 por fin les reconoció a esos pueblos”.

A pesar de que el organismo fue creado en el año 2005 para darle respuesta a los familiares de las víctimas del conflicto colombiano sobre su paradero y, de paso, jalonar procesos de justicia, hasta ahora (finales del 2007) incluía a las comunidades negras dentro de un grupo general, pese a que han figurado entre las más afectadas por la violencia armada en la últimas décadas.

Dicha violencia se enmarca en una disputa del territorio por parte de grupos de narcotraficantes que buscan una salida pronta al mar para la cocaína y por guerrilleros y paramilitares asociados al negocio. Según el Observatorio del Programa Presidencial de Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario, “desde comienzos de la década del ochenta, narcotraficantes de Antioquia han venido comprando tierras cercanas al mar en Acandí y Ungía, en el Golfo de Urabá, y en Juradó, en el norte del departamento; los grupos del Valle del Cauca han comprado en Bahía Solano y Nuquí, también junto al mar, al sur. En Condoto y siguiendo la carretera que comunica con Pereira, han comprado tierras algunos narcotraficantes de Risaralda”. De igual forma, desde finales de los años 80 “la insurgencia logró una fuerte presencia en la parte montañosa del departamento y la actividad de estructuras de autodefensa provenientes del Urabá antioqueño se expresó en cambios bruscos en los indicadores de violencia (homicidios y desapariciones)”, señala la entidad. El conflicto se intensificó desde 1996 con numerosas masacres y tuvo como pico máximo precisamente el año 2002.

Ante este panorama, investigaciones académicas que llamen la atención sobre la riqueza cultural de estas comunidades y los impactos nocivos del conflicto adquieren gran valor para generar políticas públicas destinadas a proteger la integridad y el legado de los pueblos étnicos. Esa es precisamente la intención de Jaime Arocha, a quien le cambia la voz, se le frunce el ceño y se le agita el corazón cuando habla de las injusticias que viven a diario los afrocolombianos.

{* title=Heredero de los mejores}
Heredero de los mejores
Pese a ser uno de los científicos sociales contemporáneos que más duro habla sobre el tema y que más aportes ha hecho al reconocimiento de lo afrocolombiano, Jaime Arocha no es el único dedicado a esa labor, aunque es privilegiado por haber bebido de una valiosa fuente de conocimientos, conformada por autoridades como Manuel y Delia Zapata Olivella, el padre José Rafael Arboleda (alumno de Meville Heskovitz, uno de los primeros autores que plantearon persistencias de las memorias de África en América), Aquiles Escalante (pionero de los estudios afro con el libro El negro en Colombia) y Nina de Friedemann.

En la Universidad Nacional comparte labores con los docentes creadores del Grupo de Estudios Afrocolombianos: Claudia Mosquera y el africano Maguemati Wabgou, y en el ámbito nacional hace parte de una nutrida red de investigadores asociados a universidades públicas, privadas y a observatorios como el del Caribe Colombiano. Adicionalmente, ha sido profesor visitante en el Instituto de Altos Estudios en Ciencias Sociales (París, 1989), Rockefeller Visiting Scholar del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de la Florida (Gainesville) y miembro del Comité Científico del programa UNESCO La Ruta del Esclavo (1998-2006).

Este antropólogo se formó como magíster en la Universidad de Columbia (Estados Unidos) en 1973, bajo la égida de Charles Wagley, luego hizo estudios de doctorado (1975) con la tutoría de Allen Johnson. Sin embargo, su prioridad inicial consistió en el estudio de las causas de la violencia en un municipio caficultor del Quindío. De ahí pasó a las primeras investigaciones de terreno en la zona plana del norte del Cauca y a finales del decenio de 1970 entró en contacto con Nina S. de Friedemann para profundizar en los diagnósticos sobre la orfandad en la cual se mantenían los estudios sobre los afrocolombianos y luego diseñar un proyecto de etnodesarrollo.

A esos años se remonta el interés por el Pacífico y la guía que en 1998 comenzó a ofrecerle a la entonces estudiante de Comunicación Social Stella Rodríguez, cuyo trabajo de terreno se enfocó en “los culimochos” de la costa nariñense. “La lección de ellos es que para portar la cultura afrocolombiana no se necesita tener la piel morena. Se trata de pueblos que aseguran descender de navegantes vascos que no abandonaron las costas de mulatos después de abolida la esclavización y que de ese modo fueron adquiriendo las competencias propias de los afrocolombianos, no sólo la de fabricar marimbas, sino la de afinarlas siguiendo escalas que se remontan al África Occidental y Central, bailar currulao y contar las historias de la Araña Ananse, a quien llaman Anancio”, comenta el académico.

{* title="Soy un afro optimista"}
“Soy un afro optimista”
Arocha se formó dentro de una familia “interétnica”: madre bogotana y padre barraquillero, que lo hizo permeable a la identidad caribeña. Esta lo atrapó posteriormente gracias a las expresiones de los cordobeses con los cuales entró en contacto a comienzos de los años 60. Aunque señala que en estricto sentido no puede ser llamado “afrocolombiano por adopción”, sí afirma con orgullo tener una gran sensibilidad frente al tema y se lamenta indignado de que el sistema educativo les niegue a colegiales y universitarios la posibilidad de conocer las riquezas de las culturas afrocolombianas.

Precisamente esa indignación lo ha movido a poner en contacto a sus estudiantes de la Universidad Nacional con los actores mismos del movimiento afro. “Esta institución tiene estudiantes bastante críticos y cuando uno les muestra que los afrocolombianos figuran de una manera marginal en el programa de la carrera de Antropología, tratan de articularse con fuerza”. Por esa razón y, tal como él lo afirma, su grupo de investigación es pequeño (tres docentes) pero con una audiencia marcada.

El reconocimiento a su labor no sólo se refleja en la alta asistencia de alumnos a sus clases (Investigación social, Problemática colombiana y territorialidad afrocolombiana, Antropología especial, Afrogénesis y Laboratorio de investigación social), sino que la Facultad de Ciencias Humanas le dio un galardón a investigación meritoria en el 2004, por el trabajo Ellegguá y los caminos de la tolerancia. Se trataba de un programa de formación permanente de docentes del Distrito Capital sobre la Cátedra de Estudios Afrocolombianos que contempla la Ley 70 de 1993 para los niveles de básica primaria y secundaria en todo el sistema educativo. Sin embargo, quizás el premio más significativo lo haya constituido el Guachupé de Oro, que en 1999 le entregó la Fundación Colombia Negra, por la visibilización de los aportes de los cautivos africanos y sus descendientes a la formación nacional.

“El tema del andinocentrismo es complejo, pero la pelea por reivindicar lo afro no está perdida, eso es lo que todavía me mantiene aquí. De todas formas, la esperanza está puesta en que organizaciones como las del Nariño y el Chocó logren abrirse camino en medio de la adversidad”.