Científicos en el área de Ciencias Sociales y Humanas

María Victoria Uribe Alarcón

Publicado el:: 31-08-2007

Entre violencia, masacres, asesinos y dolor ha transcurrido la vida profesional de María Victoria Uribe Alarcón, arqueóloga, antropóloga e historiadora, quien antes que nada fue una joven contestataria que entró al reinado de belleza para sabotear.

María Victoria Uribe Alarcón
Perfil elaborado en agosto de 2007

Conversando con ella uno percibe su inconformidad y su rabia por la injusticia social que conlleva el conflicto armado. El de su país, al que mejor conoce, pero también el de Sri Lanka y el de Irlanda, los que ha investigado en los últimos años, porque conflicto es conflicto, y aunque las causas sean distintas, hay seres humanos detrás.

Y por supuesto está la muerte. En esas relaciones hay dinámicas, comportamientos, modos de ver ‘al otro’ y de relacionarse con él. “Esa ha sido mi pregunta ontológica”, dice, al explicar por qué ha dedicado su vida como investigadora a la violencia... y a la muerte. “Cómo es posible que un ser humano cruce esa frontera y asesine a otro, qué lo lleva a hacer eso, por qué unos lo hacen y otros no”.

No en vano María Victoria Uribe Alarcón se graduó de su maestría con un trabajo que luego publicó con el título ‘Matar, rematar y contramatar’, basado en su investigación sobre las masacres del Tolima. Dedicada durante tanto tiempo a estudiar la violencia en Colombia, explica que en el país “se animaliza al otro para poderlo liquidar”. Esa es la base de su ‘teoría de la antropología de la inhumanidad’. “A mi me ha llamado mucho la atención cómo es posible que estos criminales anden tan sin culpa por el mundo y tan tranquilos. Y quise entender cómo hacen para manejar esa violencia que ejercen y seguir siendo buenos padres, católicos, van a misa... cómo no entra eso en colisión”.

El trabajo que realizó con los esmeralderos, a comienzos de la década del noventa, le dio una pista. En una de sus tantas entrevistas con los protagonistas de la violencia en la zona esmeraldífera del occidente de Boyacá, uno de ellos se lo explicó de la siguiente manera: ‘yo quisiera tener dos corazones, uno para tratar con la gente mala y otro para tratar con la gente buena’. Es una especie de esquizofrenia funcional que la cultura la permite y además la fomenta, explica. La persona entra y sale del pacto social sin ningún problema. Sale, comete crímenes y luego regresa.

Para poder hacerlo, el delincuente no considera a su víctima como un ser humano, sino como un animal doméstico al que es fácil liquidar. “Por eso hablo de inhumanidad, porque no hay humanidad ahí, y por eso no hay culpa”, continúa. La antropología de la inhumanidad es la antropología donde se entrelazan el cuerpo y el ritual. Y allí, esta arqueóloga que ha pasado además por la antropología y la historia, llega ahora al psicoanálisis, basando su explicación en los sistemas de clasificación, clasificación de animales en domésticos y los salvajes y clasificación del cuerpo de los campesinos de la violencia que es un agregado de partes de los animales.

“Ese campo del ritual y de los sistemas de clasificación se cruza con el del psicoanálisis en muchos puntos. Encontré una confluencia interesante entre la teoría sicoanalítica y la estética, y concluí que las masacres son textos. Una masacre es un texto pedagógico y tiene una estética, una estética del horror obviamente, pero una estética. Es una estética macabra”.

Resolvió estudiar antropología como carrera de pregrado un día cualquiera, sentada en una de las pirámides del sur de México. Como en ese entonces vivía en ese país, se matriculó en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, en la propia sede del Museo Nacional de Antropología. Luego se vinculó con el Instituto Colombiano de Antropología como investigadora, trabajó en Nariño, dedicada a la arqueología, haciendo excavaciones y reconocimientos arqueológicos hasta que se aburrió de los tiestos y los trastos. Confiesa entonces que se arrepintió de haber estudiado esa carrera cuando se dio cuenta que había sido una escogencia completamente estética y emotiva. “Fue una escogencia estética y la arqueología nunca me dio esa estética que yo estaba buscando. Entré en crisis con la arqueología, me parecía una ciencia tremendamente especulativa, empírica, no había manera de constatar hipótesis, la gente de la que uno estaba hablando hacía muchísimos siglos se había muerto”.

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Nuevos rumbos...
Una visita al cementerio de San Agustín, en el departamento del Huila, le mostró el rumbo de sus nuevos intereses en investigación. Era un cementerio muy pequeño, dividido en dos sectores claramente diferenciados, el sector de las tumbas con flores y lápidas, y el sector de tumbas metidas entres la maleza, recuerda. “En medio de esas cruces de palo, en el sector ‘pobre’ había una tumba muy bonita, de mármol, arreglada con flores, y le pregunté a la compañera con la que iba por qué esa estaba ahí y no al otro lado y me dijo porque esa es de un guerrillero que lo mató el ejercito por allá en una vereda, el cuerpo lo arrastraron con unas mulas y lo dejaron en la puerta del cementerio, y me dijo con estas palabras: ‘y él que era indiadito y bajito, con el tiempo se fue volviendo rubio y ojiazul y si usted pregunta en este pueblo hoy en día cómo era este tipo, todo el mundo le va a decir que era rubio y ojiazul´. Inmediatamente supe que quería estudiar esa transmutación”.

Resuelve entonces hacer su maestría y su doctorado en historia en la Universidad Nacional. Entre una y otro se dedica a estudiar las masacres, de cuyos estudios tiene varias publicaciones, entre libros, capítulos de libros y artículos en revistas especializadas. Ha pasado de estudiar al asesino mismo, a tratar de dar explicaciones sobre su comportamiento, trabajando su imaginario. “Los antropólogos siempre estamos tratando de entender al otro en su propia lógica”, dice, y luego añade: “Yo no se si eso es un defecto o una cualidad. Pero qué pasa. Cuando tu tratas de entender al otro en su propia lógica, hasta el más monstruo de los monstruos tiene su razón”.

Hasta que también se hastió de tanta violencia y tanta muerte que le carcomía hasta sus propios huesos. Desde muy temprana su adolescencia había sentido una gran fascinación por el límite entre la vida y la muerte. Veía cirugías de corazón abierto en los hospitales, visitaba los anfiteatros y acompañaba a gente moribunda en sus lechos de enfermo, hasta que se ponía rígida y moría. Quizá ese interés corre por sus venas, pues su hermana, Clemencia, es enfermera de pacientes terminales.

Resolvió entonces darle un pequeño giro al enfoque de sus estudios y quiso entender el sufrimiento de las víctimas del conflicto armado, los sobrevivientes de masacres, los familiares de gente que ha sido asesinada o desaparecida. “Es que por primera vez en la historia de este país, las víctimas tienen voz”, dice enfática. “Nunca en Colombia habíamos oído tantas verdades simultáneamente. La gente está confesando cosas. Estoy muy pendiente de oír”.

Verdad, justicia y reconciliación para una sociedad postconflictiva en Colombia, es una de sus líneas de investigación desde su escritorio en el Instituto Pensar de la Pontificia Universidad Javeriana en Bogotá. Pero su interés no es solamente hacer investigación, sino aportar con su conocimiento al país. Ha sido llamada para vincularse a la Comisión de Memoria Histórica que dirige su exasesor de tesis de doctorado Gonzalo Sánchez, en el Marco de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación, que a su vez está dirigida por Eduardo Pizarro.

Quizá fue precisamente su trabajo de doctorado el que la hizo cambiar de perspectiva, sin dejar de trabajar el conflicto y la violencia como los ejes sustanciales de su mirada científica. Comparó los mitos que dieron origen a los Tamil Tigres de Sri Lanka, con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC y el Ira Provisional de Irlanda del Norte. “Esa comparación que hice entre esos tres casos tan disímiles, me cambió mucho la perspectiva. Primero, eso de estar siempre mirando el caso colombiano como si fuera único, exclusivo, eso es mentira, uno lo compara con otros casos y se da cuenta que ni es único, ni es exclusivo, que lo que pasa aquí pasa en otras partes. Fue muy sano comparar y es un ejercicio que a mi me encanta, yo quiero seguir comparando cosas, haciendo historia comparada”.

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También hay tiempo para el arte
María Teresa tiene dos hermanas. Las Uribe Alarcón tuvieron una adolescencia que se caracterizó por la permanente rebeldía. Eran finales de los años sesenta, estaban en colegio de monjas y el hippismo se presentó como una alternativa interesante. Allá cayeron las tres.

La ‘Toya’ Uribe tiene muchas historias por contar, porque su vida ha caminado por diferentes rumbos. Una mujer de voz ronca, y una expresión sin límites en su rostro, continúa llevando el pelo corto, como cuando representó a la capital en el Reinado de Belleza de Cartagena, en 1968.

La historia, muy corta, es la siguiente: A los 18 años recibe una llamada del alcalde Virgilio Barco Vargas, a proponerle que representara a Bogotá en el reinado de belleza. “Y yo le dije que no, que yo era hippie y marihuanera y que no me interesaba ser reina de belleza”, recuerda. Pero la convenció, porque le dijo que quería una reina pensante, que podía decir lo que quisiera. ¡Quién dijo miedo! Habló del aborto, de la eutanasia, del amor libre, contravino todas las reglas del reinado. Todo, intencionalmente. “Eso fue una cosa supercontestataria de parte mía, yo me metí al reinado para sabotear”. Su paso por las pasarelas de Cartagena no se olvidarán jamás.

Su personalidad desinhibida y sincera hizo que le dieran el premio a la mejor compañera durante los días del reinado. Sigue teniendo muchos amigos y amigas, pero vive sola. A veces le parece que la soledad es dura, pero en general le gusta. Es una mujer independiente, que aprendió de su abuelo, el músico Guillermo Uribe Holguín, la sensibilidad por el arte, el manejo de la melancolía y de la soledad.

En la calidez de su hogar dibuja en formato pequeño, oye música, hace yoga, remienda y borda. Cuando sale, prefiere ir al teatro o simplemente a caminar por ahí, a pensar. Todo lo que ha tenido que ver por la investigación que realiza la hace pensar permanentemente. “Siempre me queda una sensación de amargura, una tristeza muy fuerte; cuando me meto a analizar uno de esos hechos cruentos, una masacre de esas tremendas, siempre tengo la sensación de qué solos estamos y qué poco le importa al país”.

Ahora, dice, es una apasionada por la vida. Levanta su cabeza, mira hacia el infinito y remata: “Yo creo que yo he dejado mi piel ahí con ese tema”.