Científicos en el área de Economía, Administración, Contaduría y afines

Pedro Amaya Pulido

Publicado el:: 18-10-2007

Pedro Amaya Pulido descubrió la importancia de la ciencia y la tecnología para el desarrollo del país a través de su carrera profesional. Llegó a convencerse de tal manera, que durante las décadas del 80 y del 90 fue el gran impulsor del tema en Colombia. Murió dejando una huella imborrable en la historia de la ciencia en el país.

Pedro Amaya Pulido
Perfil elaborado en octubre de 2006

Quizá cuando Pedro Amaya resolvió estudiar economía en la Universidad Nacional de Colombia tenía otros planes en la vida. Pero su mundo profesional lo fue llevando a trazar los derroteros del desarrollo científico y tecnológico del país, principalmente desde el Instituto Colombiano para el Desarrollo de la Ciencia y la Tecnología, Colciencias, pero también desde su actividad académica, como docente e investigador universitario en la Universidad Nacional de Colombia.

Casi veinte años en diferentes cargos de Colciencias desde 1971 hasta 1990, fueron formando conceptualmente a este bogotano que “amaba profundamente a su país”, según las palabras de su amigo y hoy rector de la Universidad Central, Guillermo Páramo, y que buscaba respuestas en la ciencia y la tecnología para “contribuir esencialmente a la satisfacción de las necesidades sociales básicas como nutrición, alimentación, salud, educación, agua potable, recreación y vivienda”, según las propias palabras de Amaya en el documento que preparó para la Misión de Ciencia, Educación y Desarrollo, en 1994.

Al graduarse de la universidad, Amaya se vinculó con el Instituto Colombiano de la Reforma Agraria, y conoció el país palmo a palmo, recorriéndolo en todo tipo de medios de transporte, conversando con campesinos y hacendados, revisando la dinámica rural de un país donde, en la década del sesenta, la economía rural prevalecía sobre la urbana.

“Esa experiencia lo llevó a conocer no solamente la realidad del sector agropecuario del país, sino lo que es en el fondo su realidad social y económica”, recuerda Marta Emilia Rueda, su esposa, alumna privilegiada, co-equipera y compañera de lucha durante 18 años, como ella misma se definió. “Fue entonces cuando pudo detectar los tremendos privilegios de unos pocos, la concentración no solamente de la tierra sino de la riqueza y del ingreso, las condiciones bajísimas y lamentables de gran parte de la población. Es ahí es donde creo que desarrolló la conciencia social que lo acompañó toda su vida”.

Resulta paradójico que uno de los colombianos que puede contar con más logros en política científica, cuando llegó a un Colciencias recién creado, en 1971, y asume el cargo de jefe de la división de recursos científicos y tecnológicos, no entendía muy bien de qué se trataba el asunto. El impulso a la ciencia y la tecnología en los países de América Latina era aún incipiente y poco se hablaba de ello. De hecho no había profesionales formados para formular y poner en práctica políticas científicas y tecnológicas. Fue el mismo Pedro Amaya, al que le tocó iniciar en ese entonces el inventario de la ciencia y la tecnología en Colombia, quien veinte años más tarde promovería, conjuntamente con otros líderes nacionales en el tema, la expedición de la Ley 29 de 1990, que le dio marco legal a la actividad científica del país.

A comienzos de la década del setenta empezó a trabajar con un grupo de colombianos que se convirtieron en sus amigos y colegas y que formaron escuela en el país. El liderazgo era del primer director de Colciencias, el Capitán Alberto Ospina Taborda, al lado del hoy exdirector de Colciencias Fernando Chaparro, el exsubdirector de Colciencias, Jorge Ahumada, de Félix Moreno, Luis Javier Jaranillo y Jaime Ayala, y con fuerte apoyo del Departamento de Asuntos Científicos de la Organización de Estados Americanos, OEA, que en ese momento priorizaba el tema del desarrollo científico y tecnológico en sus países miembros. Empiezan a armar el rompecabezas de la ciencia y la tecnología en el país.

{* title=Su aporte al desarrollo del país}
Su aporte al desarrollo del país
En una pausa de su carrera en Colciencias, entre 1978 y 1982, trabajó como subdirector de programación presupuestal de la Dirección General de Presupuesto en el Ministerio de Hacienda y Crédito Público, oficina con un gran poder pues define los presupuestos de funcionamiento de las dependencias públicas del país. “Esa experiencia fue fundamental porque hace muchos contactos, sin los cuales la ley de ciencia y tecnología no habría podido aprobarse. Quien la salvó en el último momento fue Gustavo Rodríguez Vargas, quien conocía a Pedro desde su paso por el Ministerio de Hacienda”.

La historia de la ley viene de algunos años atrás e incluye uno de los grandes logros de Amaya, que fue la realización del Foro Nacional de Políticas de Ciencia y Tecnología para el Desarrollo, durante el gobierno de Virgilio Barco Vargas en noviembre de 1987.

“Es la primera vez que se pone a la clase dirigente del país a pensar en ciencia y tecnología”, recuerda Marta Emilia. Al menos diez ministros se sentaron en las mesas de trabajo para presidir las discusiones y promover la interlocución entre diversos estamentos de la sociedad: la academia, el sector productivo y el gobierno.

Tuvo lugar en el paraninfo de la Academia de la Lengua. De allí no solamente salió la propuesta de formular la ley, sino la realización del Año Nacional de la Ciencia y la Tecnología y la Misión de Ciencia y Tecnología. A partir de entonces se intensifica la labor de convencer a los representantes del sector político para elevar el estatus de la ciencia y la tecnología nacionales.

{* title=Unidos profesional y personalmente}
Unidos profesional y personalmente
“Para mí, Pedro fue precursor de muchísimos temas, temas que se ponían de moda cinco o diez años después de que él los pensara”, continúa recordando su esposa. También incursionó en temas como la prospectiva, la vinculación entre la universidad y el sector productivo, la divulgación de la ciencia, la regionalización, la propiedad intelectual.

Era un verdadero ‘botacorriente’, constante generador de ideas y de iniciativas de las cuales se desprendía, promovía que se fueran madurando, permitía que los demás se las apropiaran y, cuando constataba que tenían doliente, las soltaba y empezaba a construir otra propuesta.

“Son innumerables sus realizaciones”, dice Marta Emilia, quien se unió a su equipo de trabajo ya cuando era director de Colciencias, a finales de los ochentas. Con él aprendió de política y de gestión de ciencia y tecnología, compartió la docencia, asistió sus investigaciones, hizo consultoría y tuvo dos hijos.

“Cuando lo conocí entendí que la fuente del conocimiento era él y le ponía atención en todo lo que decía. Tuvimos una relación de trabajo muy fluida, directa, abierta, de absoluta claridad y nos fuimos volviendo cómplices en el trabajo. Fue para mi, mi maestro y mi Biblia”.

{* title=Comprometido con el país}
Comprometido con el país
El compromiso de Amaya con el país lo acompañó hasta el día de su muerte, el 30 de diciembre de 2005. Había publicado en 2001 el libro “Colombia: un país por construir”, gran éxito de venta durante los meses de septiembre y octubre, presentado y discutido en diversos seminarios y eventos buscando validar sus resultados. Iniciado en Colciencias a finales de los años 80, era el resultado del trabajo con estudiantes de la Facultad de Economía de la Universidad Nacional. El estudio, de carácter prospectivo busca la construcción colectiva de un proyecto de nación de largo plazo, partiendo de conocer los problemas críticos del presente, de reflexionar sobre los retos presentes y futuros de la sociedad colombiana.

Pretendía que todos los colombianos tuvieran una vida digna, próspera y feliz, para lo cual se requerían entendimiento, comprensión, tolerancia, imaginación , creatividad y audacia, y asumir el postulado de que “el futuro es la razón de ser del presente”. Se trataba de la primera parte del estudio y al momento de su inesperada muerte estaba inmerso en continuar ese proyecto “para iniciar una acción transformadora que permita construir una Colombia en la cual haya creación colectiva de espacios y oportunidades y donde quepamos todos”, según decía en la presentación del libro.

Este espacio de reflexión que organizó en la Universidad Nacional de Colombia es otro de sus grandes logros, de acuerdo con el físico Eduardo Posada, compañero de Amaya desde la Asociación Colombiana para el Avance de la Ciencia, A.C.A.C. en el proyecto de sacar la ley 29 de ciencia y tecnología.

Siendo una persona ecuánime, que sabía escuchar al otro, que daba la posibilidad de disentir, tenía muy claras sus posiciones e ideales. Su colega y amigo Jorge Ahumada lo define con una anécdota, cuando trabajaban en la Colciencias de la calle 132 en Bogotá:

“En la zona verde exterior al taller de impresión había un árbol en buen estado y de regular tamaño que aparentemente interfería con la obra para hacer el parqueadero y a alguien se le ocurrió que lo más práctico y fácil era cortarlo o arrancarlo para eliminar el ‘problema’. Pedro se enteró de esta ‘gran idea’ y se opuso a ella. Propuso que, aunque era más laborioso, se considerara su trasplante en el área de jardín que rodea el extremo oriental del parqueadero general. Habría que verificarlo, pero creo que el famoso árbol permanece en su sitio hasta el día de hoy. Este sencillo episodio muestra la preocupación de Pedro por el respeto y aprecio hacia la naturaleza, aun en sus mas elementales manifestaciones”.

Nunca fue amigo de homenajes, ni reconocimientos. En su rincón de Tenjo encontraba el mejor premio que la vida le había dado: el silencio, la naturaleza, la compañía de su familia, la inmensa biblioteca, buena música y su sillón de lectura. Durante la XVI Convención Científica Nacional que organiza la Asociación Colombiana para el Avance de la Ciencia, cada dos años, su esposa Marta Emilia recibió la Medalla Prociencia como homenaje póstumo.

Así lo describió entonces: “Fue Pedro un ser humano luchador, generoso, irreverente, creativo, de humor cáustico; un esposo y padre paciente, entregado y amoroso; un ciudadano con un claro sentido de lo público; un colombiano orgulloso, de honda raigambre, que reconocía la necesidad de insertar a Colombia en las corrientes mundiales de conocimiento; un maestro convencido de la importancia de la educación para la creación de oportunidades; más que un periodista a quien sólo le faltó el grado, un comunicador dedicado a la divulgación de la ciencia; un generador permanente de ideas para entregarlas a otros en pro de su realización; un pionero en materia de política y gestión de la ciencia y la tecnología”.