Científicos colombianos en el área de Matemáticas y Ciencias Naturales

Yu Takeuchi

Publicado el:: 27-06-2008

Por una “locura juvenil” o por la necesidad de escapar de las rígidas costumbres del Japón de la postguerra, en 1959, Yu Takeuchi atravesó medio mundo en un barco carguero para dejar en Colombia lo mejor de su creación como matemático, la esencia del pedagogo y la sabiduría y humildad del maestro. Se autodenomina “el abuelo de las matemáticas”, pues muchos de sus discípulos son considerados los padres de esa disciplina en las principales universidades del país. Recientemente fue condecorado por la Cancillería colombiana con la orden San Carlos en el grado de oficial, en el marco de los 100 años de relaciones con el Japón.

Yu Takeuchi
Perfil elaborado en junio de 2008

A comienzos de los años 50 del siglo XX, en la antigua Facultad de Ciencias, fundada durante la rectoría de Gerardo Molina en 1946, se creaba en la Universidad Nacional de Colombia la primera carrera de Matemáticas del país y con ello se daba el paso para independizar dicha disciplina de la Facultad de Ingeniería.

“La Facultad de Ciencias tenía como objetivo el estudio de las ciencias, por lo demás muy atrasadas en nuestro medio, y ofrecía una serie de cursos libres en matemáticas generales, física general, astrofísica, geodesia, filosofía de las ciencias, fisiología humana, botánica sistemática, fisicoquímica, geología, historia general del Derecho, prospección geofísica, química orgánica y radioactividad”, comenta Clara Helena Sánchez, docente de la Universidad Nacional, quien además afirma que, al no tener el éxito esperado, la Facultad debió ser cerrada en 1956, pero de ella quedó el Departamento de Matemáticas.



Mientras que a este lado del globo el profesor Carlo Federici Casa, italiano que llegó a Colombia el 8 de abril de 1948 buscando nuevos horizontes luego de la Segunda Guerra Mundial, sus alumnos y un grupo de reconocidos ingenieros reestructuraban el Departamento de Matemáticas, en la Universidad Estatal de Ibaraki, Japón, Yu Takeuchi observaba, pegada en un muro, una convocatoria docente de intercambio cultural con Colombia, país, del continente americano, del que los japoneses escasamente conocían a Perú y Brasil.

Para la época, Takeuchi, físico teórico de la Universidad Imperial de Tokio, tenía 29 años y Japón le parecía un país antiguo y demasiado tradicional, debido a la permanencia de los códigos de conducta establecidos 300 años atrás por el último shogun (gobernador militar) para tener completo control sobre la población. Así que Colombia era una salida atractiva a su inconformidad.

“La mayoría de las personas en el Japón tenían uniforme: los campesinos, los obreros, los comerciantes, los militares, los del sector salud y los estudiantes. Todos debían ajustarse a un protocolo específico para el lugar que ocupaban en la sociedad. Contrario a ello, Colombia era un país más liberal, tropical, agradable y de costumbres regionales que se mezclaban entre sí”, recuerda.

Sin saber mayor cosa de la institución convocante, aplicó en 1957 para ser profesor por dos años del Departamento de Matemáticas de la Universidad Nacional de Colombia; sin embargo, no recibió respuesta alguna en los dos años siguientes, al cabo de los cuales ya estaba casado y se estrenaba como padre de una pequeña hija.

“Un día me llamó un funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores de mi país para citarme en Tokio. Al llegar me notificó que tenía que partir hacia Colombia, pero yo ya no quería viajar, pues tenía esposa y una hija recién nacida. Sin embargo, el funcionario me dijo que era una orden, pues se trataba de un asunto diplomático y no viajar sería interpretado como antipatriótico”.

Así las cosas, junto a otros cuatro matemáticos japoneses, viajó durante un mes en barco carguero rumbo a San Francisco (Estados Unidos), luego a Los Ángeles, después a Centroamérica y finalmente a Buenaventura.

{* title=Un granito de arena para el progreso}
Un granito de arena para el progreso
“A pesar de que en aquella época Japón figuraba como un país atrasado y destruido por la II Guerra Mundial y luego por la Guerra de Corea (colonia hasta 1945), en realidad era muy avanzado, una de las evidencias de ello era el sistema de trenes, que cubría prácticamente todo el país. Como en el mapa colombiano aparecían vías férreas de Buenaventura a Cali, yo pensaba que Colombia también tenía desarrollo, pero durante el viaje entendí que ‘éste iba a un ritmo muy lento’, pues uno de los profesores que viajaba conmigo se cayó accidentalmente del tren poco antes de llegar a Cali, angustiado se puso a correr hacia la estación y el tren iba tan despacio que el profesor llegó primero”.

La esposa y la hija de Yu Takeuchi llegaron a Buenaventura en 1960 ocho meses después, pero el docente ya sabía que podía enviarlas desde el puerto por avioneta a Cali y de allí en un avión comercial de Avianca hacia Bogotá.

Según comenta Iván Castro Chadid, uno de sus discípulos, el profesor japonés le puso tanto empeño a su labor, que al año de enseñar en la Universidad Nacional ya hablaba español y a los dos años lo escribía. Este segundo logro sería definitivo en su propósito de llevar las matemáticas a lo largo y ancho del país, pues fundó la revista “Matemáticas: enseñanza universitaria” y escribió, de su propia mano o junto con estudiantes y colegas, 20 libros de texto y 30 de divulgación, algunos de los cuales imprimió en el garaje de su casa en Bogotá y otros en Japón. “La idea era ofrecer textos prácticos que fueran más entendibles que los que llegaban a Colombia de Alemania o Francia”.

Los libros sobre cálculo elemental, cálculo diferencial, sucesiones y series, mecánica analítica, análisis matemático, variables y análisis funcional lo hicieron famoso en las universidades de toda la geografía nacional e incluso en otros países de América Latina como México, donde matemáticos e ingenieros aprendieron a resolver todo tipo problemas de cálculo con las claves suministradas por él. Por esa razón dice que tiene estudiantes de salón que son como sus hijos, otros a los que éstos les enseñaron a través de los libros, que son como sus nietos, e incluso tiene tataranietos académicos.

“Además de la calidad, una de las ventajas que ofrecían los libros del profesor Takeuchi era un precio que estaba en muchos casos por debajo de los costos de producción; esto permitió que rápidamente se fueran convirtiendo en los textos de matemáticas más empleados en las universidades colombianas. Usualmente estos libros estaban integrados por 60 parágrafos, de tal forma que cada parágrafo correspondía a una lección de una hora de clase, adaptándose así a la distribución semestral de las materias. Sobre los artículos escritos por él, se cree que hay alrededor de unos 86, entre ellos 46 de tipo investigativo y 40 de tipo divulgativo”, recuerda Castro Chadid.

Sin embargo, la filiación con sus estudiantes no ha estado dada únicamente por el libro, sino por su presencia física en cada universidad. “Yo he querido generalizar las matemáticas en toda la población, pero para ello requiero conocer primero las necesidades de las regiones, por eso he viajado prácticamente por todo el país, la mayoría de las veces en calidad de conferencista invitado, pues me llaman de instituciones públicas y privadas donde mis estudiantes hijos son profesores”. Así mismo, a lo largo de su permanencia en Colombia, ha sido el promotor de diversos seminarios y congresos regionales y nacionales de matemáticas.

Ese interés por recorrer el país con su maleta llena de números le viene de la siguiente creencia: “opino que el deber de la Universidad Nacional no es solamente educar a sus estudiantes, sino apoyar la formación en otras universidades del país y el docente, entre tanto, tiene la obligación de conocer los contextos regionales o por lo menos las seccionales de su propia universidad”.

{* title=Cuatro claves para ser un buen maestro}
Cuatro claves para ser un buen maestro
El amor que le profesan sus discípulos lo ha hecho merecedor de sentidos homenajes como los doctorados Honoris Causa de la Universidad Nacional de Colombia en 1992 y de la Pontificia Universidad Javeriana en 2000, la calidad de Profesor Honorario de la Universidad Popular del Cesar, la Gran Cruz José Rafael Farias de la Universidad de Pamplona y los homenajes de gratitud de las universidades Industrial de Santander, Universidad de Nariño, Universidad del Cauca, Francisco de Paula Santander de Cúcuta, Francisco de Paula Santander de Ocaña y de la Universidad Surcolombiana de Neiva.

Durante la aceptación del Doctorado Honoris Causa en la Universidad Javeriana, ceremonia en la que también se le concedió dicho homenaje al maestro Carlo Federici (1906-2006), Yu Takeuchi señaló: "Este agasajo fue una sorpresa para mí.

Evidentemente fue una obra de mis discípulos, quienes querían que un simple profesor de matemáticas recibiera esta distinción. Las matemáticas son una cultura de las más nobles de la humanidad. Además, hoy en día son una necesidad de la vida, como comer y dormir. Por eso, enseñar las matemáticas es una profesión noble. Todos los matemáticos, aunque sean investigadores exclusivos, son profesores".



¿Pero cuál es el secreto que llevó a este maestro a dejar una huella tan profunda entre sus alumnos? Takeuchi confiesa haber aprendido a enseñar en su periplo por la educación secundaria en el Japón, con la que se inició como profesor años antes de entrar a la Universidad Estatal de Ibaraki. Como maestro de colegio entendió que la letra con sangre no entraba y menos las matemáticas, de allí que debiera hacer de ellas algo divertido en aras de generar aprendizajes para la vida. Es decir, su primer secreto para enseñar de verdad radicó en ser profesor de colegio para aprender lúdica y pedagogía.

En segundo término, entendió que un profesor no puede difundir conceptos si primero no tiene un conocimiento mediano de quién es su alumno, cuáles son sus fortalezas y cuáles sus debilidades. Y en tercer lugar, ratificó que el respeto por la forma de ser y pensar de sus estudiantes era una condición sine qua non para romper las jerarquías y lograr que ellos fueran más que alumnos sus propios hijos o nietos.

“Hace muchos años tuve al tiempo a dos estudiantes, un hombre y una mujer. Él entendía rápido y resolvía velozmente todos los problemas que se le planteaban en clase. Ella se tomaba su tiempo y demoraba bastante contestando los exámenes, pero siempre lo hacía bien, porque trataba de entender primero los enunciados antes de resolver los ejercicios. Los dos tenían estilos distintos y eran excelentes estudiantes, hoy son profesores de la Universidad Nacional, cada uno a su modo y entonces, como ahora, tenemos muy buenas relaciones”.

Finalmente, agrega, “el maestro no se debe conformar con dictar la clase, pues si el estudiante no sabe cómo resolver problemas diferentes a los que le ha puesto en el tablero, no está haciendo mayor cosa. Lo importante en matemáticas es aprender a resolver los problemas más allá de la teoría, es decir, aprender a pensar y la tarea del docente es suministrarle al estudiante las herramientas para que lo haga”.

Precisamente esa manera de concebir la enseñanza de las matemáticas lo hizo merecedor del Primer Premio Nacional de Matemáticas entregado por la Sociedad Colombiana de Matemáticas en el año 1989. Ese fue un galardón tan importante para él como la reciente orden San Carlos en el grado de oficial, que le entregó a finales de mayo de 2008 la Cancillería Colombiana en el marco de los 100 años de relaciones con el Japón. Sobre el segundo reconocimiento opina de manera discreta: “A mi edad me emociona mucho haber obtenido una distinción del Gobierno colombiano. Es la primera vez que entro en la política y me siento como un catalizador, pues de lo que se trataba era de demostrar relaciones exitosas entre las dos naciones”.

{* title=Su otro gran logro: la familia}
Su otro gran logro: la familia
Hijo de un físico, el maestro Yu, a pesar de tener la misma profesión, decidió inclinarse por el análisis matemático, pues afirma: “no me gusta la física”, pero su segundo hijo retomó la disciplina del abuelo en la Universidad Nacional de Colombia, se doctoró en la Universidad de Iowa, Estados Unidos, hizo un postdoctorado en Trieste, Italia, y ahora trabaja en el Instituto de Investigación en Física de la Universidad Autónoma de México, donde su padre es toda una autoridad.

Al igual que el único hijo varón, las dos hijas de Yu Takeuchi estudiaron en la Universidad Nacional, aunque la mayor, Yuri, tuvo que terminar Medicina en la Pontificia Javeriana, pues sus primeros semestres coincidieron con un largo paro en la UN. Ella cursó un postgrado en neurología en el Hospital Militar y es jefe de esa área en el Hospital Valle de Lili en Cali.

Caori Patricia, la menor, es ingeniera civil de la Universidad Nacional, con maestría en la misma institución y candidata a doctorado. Siguió los pasos de su padre y se dedicó a la docencia universitaria en el alma máter que la formó y es una reconocida investigadora especializada en estructuras de guadua.

El profesor Yu es uno de los pilares de su familia, el otro es la señora Shizu Tan, su esposa, que con paciencia y comprensión lo ha acompañado en todas sus aventuras, triunfos y dificultades. Con ella comparte también su segunda pasión: la cocina. Juntos aprendieron a cocinar colombiano y son tan expertos que incluso logran adivinar los ingredientes de un plato con sólo darle una probadita.

Claro está que el interés del profesor Takeuchi por la culinaria surgió tiempo atrás. “Lo primero que aprendí en el colegio fue que la salsa de soja era aminoácido sólido (fríjol) convertido en aminoácido líquido (salsa) y que para prepararla se requería ácido clorhídrico concentrado, que es mezclado con el fríjol para deshacerlo. Para eliminar el ácido se aplica bicarbonato. El truco para obtener un buen producto es incorporar los ingredientes poco a poco, cuando la mezcla no tiene burbujas es porque el ácido ha desparecido y ello se comprueba midiendo el Ph con papel tornasol, luego se rectifican el sabor y el color con azúcar, sal y líquido de azúcar quemado”.

Los esposos Takeuchi Tan tuvieron que apelar a esta fórmula recién llegados a Colombia, pues la salsa de soja, base fundamental de la comida japonesa, no se conseguía en los supermercados como ahora. Hoy día, cuando el maestro disfruta de su condición de pensionado, suelen preparar grandes cantidades para regalarle a sus amigos, así como el “miso”, fríjol de soja cocinado y fermentado que hace las veces de aderezo con consistencia de pasta de tomate. “Para mí es más rico preparar mi salsa de soja y mi miso que comprarlos”, comenta.

No practica deporte porque piensa: “no tengo contextura física para eso”, no le agarra el ritmo a la música y lee poco por problemas en los ojos, no obstante tiene tantos conocimientos como un sabio y las mejores destrezas para hacer de su vida un remanso de paz y de armonía. Razón por la cual sus alumnos, tanto los más jóvenes como los más experimentados, afirman querer ser algún día como ese maestro que les enseñó a resolver problemas numéricos en el papel y que con su ejemplo les transmitió la paciencia necesaria para resolver las grandes dificultades de la vida.