Jorge Eduardo Botero

Publicado el:: 19-06-2009

Las aves han sido el objeto de estudio del investigador científico y ecólogo Jorge Eduardo Botero desde que las descubrió y aprendió a identificarlas. Alrededor de ellas, adelanta estudios de la biodiversidad y la conservación, y desarrolla una especial sensibilidad por la construcción de conocimiento con las comunidades.

Jorge Eduardo Botero
Perfil elaborado en marzo de 2009

Jorge Eduardo Botero, el investigador científico, ecólogo, y principalmente ornitólogo, lleva años estudiando las aves. Tiene su oficina también desde hace años en Cenicafé, el Centro de Investigaciones del Café, ubicado en Chinchiná, Caldas, desde donde coordina el Programa de Biología de la Conservación.

No podría negar que le gustan las aves. Allí, en su espacio de trabajo, el paisaje lo delata: se destacan diferentes afiches de aves del eje cafetero, de los gavilanes y otras aves migratorias que visitan la región todos los años. Vienen del norte, pasan por Colombia en octubre y vuelven en marzo, de regreso a casa. Botero ha agudizado sus ojos para encontrar las aves donde nadie más las ve. Y cuando las encuentra, saca su libreta de apuntes y describe todo lo que ve con el mayor detalle: sus colores, sus formas, sus hábitos, su rumbo. Por lo menos eso hacía en sus épocas de investigador de campo. Ahora son sus estudiantes los que han aprendido a hacerlo, mientras él coordina desde su escritorio actividades, proyectos e investigaciones.

Botero trabaja en un moderno laboratorio enclavado en una montaña reverde, donde predomina el bosque nativo. El laboratorio y el bosque que lo rodea es su hábitat. Pero también las fincas cafeteras, no solo del departamento de Caldas, sino de todo el país. Gracias a las redes de Cenicafe, Botero puede liderar sus investigaciones, con el apoyo de los caficultores del territorio colombiano. “Es una red de apoyo única, lo que es verdaderamente un privilegio”, dice, al explicar las ventajas de pertenecer a la comunidad científica de un centro de investigación creado desde hace tantos años (1938) por un sector de la economía nacional, el caficultor.

Pero, ¿qué tiene que ver el café con los pájaros? ¿Por qué un ‘pajarólogo’ en Cenicafe?
La historia es larga y empieza con un muchacho manizalita joven que inició su carrera de ingeniería agrícola en la Universidad Nacional, continuó en Inglaterra, y al graduarse sintió que lo que realmente le entusiasmaba en la vida era la combinación de las aves y la naturaleza. Trabajó en el centro de conservación Wildfowl and Wetlands Trust cerca a Gloucester, centro que promueve la conservación de las aves acuáticas. “Eso me empezó a orientar; era la colección de patos, cisnes y gansos más importante y completa del mundo, dirigida por el famoso conservacionista Peter Scott, quien fundó el World Wildlife Fund y diseñó el logo del osito panda”.

Ese año y medio conviviendo y aprendiendo de las aves acuáticas lo llevó a la Universidad de Wisconsin, en Estados Unidos a cursar su maestría en Ecología de Fauna y luego su doctorado en el mismo tema. “Hice la maestría y el doctorado en EEUU pero las tesis y trabajos de grado en Colombia”, la primera, estudiando los patos de la Ciénaga Grande de Santa Marta y la segunda, la cerceta aliazul (Anas discors) del mismo ecosistema del Caribe colombiano.

Estaba en Colombia, pero Manizales lo atraía como un imán. Una vez terminó estudios y obtuvo sus grados, volvió a la ciudad de las puertas abiertas, donde siempre lo estuvieron esperando.

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El café y las aves
Cenicafé, a 20 minutos de Manizales le ofreció un empleo. Pero la verdad, Botero sabía de aves y de conservación, poco de café. “Aunque sabía de ecología de conservación, mi experiencia no era ni en la biodiversidad de los paisajes rurales –regiones de producción agropecuaria-, ni en los bosques andinos. Tuve que empezar un proceso de aprendizaje”.

Llegó a Cenicafe justo en el momento en que lo necesitaban, porque a nivel internacional había quienes decían que el café de Colombia era enemigo de la biodiversidad, pues promovía la desaparición del sombrío en los cafetales, y con él, de toda la biodiversidad de flora y fauna.

Con el apoyo de la National Fish and Wildlife Foundation, inició el estudio de las aves migratorias en la zona cafetera. Ese era el pretexto, pero el proyecto abarcaba mucho más que esa línea de investigación: tenía que ver con la biodiversidad de paisajes rurales, de lo que poco se hablaba en ese entonces, y trataba de responder muchas preguntas sobre conservación, biodiversidad y ecología. En estos diez años, Botero comenzó el programa que tituló Biología de la conservación, él mismo estableció su agenda y permanentemente busca fondos para las investigaciones que lidera. “Qué oportunidad más ideal para un investigador tener la posibilidad de crear su propia agenda de investigación e irla construyendo poco a poco”, dice, agradecido con la vida por esa oportunidad que le dio.

Como había que moverse rápido, sus estudios buscaron entender la relación entre sombrío y aves y cómo lograr unos cafetales amigables con ellas. Al empezar a recorrer la región cafetera descubrió una zona de sombrío en Támesis, Antioquia, llamada la Vereda la Virgen. “Es como una herradura, con un paisaje hermoso que se abre hacia el río Cauca”, la describe. Con el grupo de investigación que estaba formando encontró que en esas fincas cafeteras había una gran diversidad de aves migratorias, principalmente en aquellas zonas de sombríos heterogéneos, con árboles de diferentes alturas, donde detectaron una mayor diversidad de aves de bosque.

“Nos dimos cuenta que la producción de café y las características mismas de las regiones cafeteras tenían muchos potenciales para la conservación”. Con los resultados de este primer trabajo logró recabar información para plantear aspectos positivos que defendieran los cultivos de café colombianos a nivel internacional, pero también le dio la posibilidad de comenzar a sensibilizar al gremio sobre temas que nunca se habían tratado, ni eran reconocidos como elementos del entorno cafetero: ¿cómo adecuar la producción agropecuaria para hacerla más amigable con la biodiversidad?

El reto es lograr la conservación de la biodiversidad, sin sacrificar la productividad del caficultor, para lo cual desde que inició sus investigaciones en Cenicafé ha definido y promovido la aplicación de ‘herramientas de conservación”, que no necesariamente se limitan a los cafetales de sombrío; pueden ser la protección de la cobertura vegetal natural, las cañadas y cercas vivas como corredores entre bosques, la sostenibilidad de la agricultura, la misma educación ambiental.

Luego de una década, Botero y su grupo de investigación han logrado identificar más de 450 aves entre migratorias y residentes en la región andina, encontrando que en aquellos cafetales de sombrío con bosques naturales revolotean algunas especies amenazadas como la pava andina y el atlapetes de anteojos, y varias especies de aves migratorias los usan como lugares de paso en sus largas travesías, entre ellas, el picogordo degollado y la piranga roja. Con evidencia científica, sus estudios demostraron que las acusaciones al café colombiano no se basaban en hechos ciertos.

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La naturaleza no es abstracta
Desde hace unos cuatro años, el grupo que lidera en Cenicafe realiza sus investigaciones de la mano de los caficultores y de sus familias. Es lo que se denomina la investigación participativa, y lo que The Nature Conservancy y el Servicio Forestal de los Estados Unidos han financiado con decisión.



“Los caficultores conocen muchas especies, saben sus nombres comunes, reconocen sus cantos, y cuando empiezan a descubrir que algunas de ellas son aves migratorias que provienen de regiones tan alejadas, o que hay especies en peligro de extinción en su región, o que hay especies endémicas, empiezan a reconocer el valor y la singularidad de su entorno, a apreciarlo más: les cambia su mirada”.

Todos los miembros de la comunidad pueden participan de los censos de aves, el trabajo de campo, de los espacios donde se comparten y analizan los resultados de las investigaciones, y plantean posibilidades de uso de esa nueva información para promover su café. Estos espacios también promueven la reflexión frente al estado de los diferentes ecosistemas, sus potencialidades, sus posibles problemas y cómo resolverlos.

“¿Cuál es el efecto real y concreto que nuestra investigación participativa tiene en las actitudes de las comunidades?”, es una pregunta que ya están trabajando, para medir el impacto que tiene dicha metodología de investigación en las comunidades. Por ahora, como resultado visible, han detectado que la naturaleza ya no es abstracta para quienes se han beneficiado de las investigaciones. Mujeres campesinas pintando de su puño y trazo las diferentes especies de pájaros, incluyendo su nombre común y su nombre científico, como el arañero pechigris (Basileuterus cinereicollis), un ave en peligro de extinción que encontraron en un bosquecito al lado de la zona cafetera de Guaduas. “Lo han identificado, lo han incorporado en sus planes, lo han adoptado, lo reconocen, formaron un grupo de niños observadores de aves y lo llaman el grupo arañero pechigris”, subraya Botero, como uno de los logros de los censos. “Ya no son aves abstractas; son aves reales y concretas”.

{* title=Divulgar, una responsabilidad social}
Divulgar, una responsabilidad social
La investigación que lidera Botero tiene que ver con el ciudadano común y corriente, así como con las comunidades afectadas. A través de boletines electrónicos, pendones educativos, y publicaciones seriadas, entre ellas la Biocarta, promueven la conservación. Dicta cursos y conferencias en diferentes escenarios, que van desde las aulas universitarias, dirigidos a investigadores, docentes y estudiantes, así como en galerías de arte, porque “los artistas y los naturalistas tenemos al menos dos cosas en común: tenemos que desarrollar nuestra capacidad de percibir, (los cantos de las aves, los derrumbes, todo lo que ocurre). Si uno no está listo para percibir el canto del ave cuando ocurre, no lo oye. Y tenemos el reto de comunicar nuestras ideas”.

Ha producido videos educativos, ha participado en espacios abiertos al público general, ha organizado talleres para la identificación y el reconocimiento de aves, y con el apoyo de la Asociación Colombiana de Ornitología, de la cual es fundador, y ha dictado cursos de escritura científica.

Jorge Eduardo Botero no se puede quejar: vive en el país con mayor diversidad de aves del planeta: más de 1870 reportadas en el territorio nacional. Trabaja en lo que le gusta, ofrece aportes a la ciencia, comparte sus conocimientos con legos, profanos y eruditos, ensaya nuevas líneas de investigación. Aún son muchos los años que le quedan para continuar estudiando las aves, y ahora, los monos nocturnos, los murciélagos y las hormigas. La biodiversidad en la fauna de la zona cafetera lo apasiona y a ella continuará dedicado sin lugar a dudas.