Se trata del Scolopendra gigantea, que mide 24 centímetros, tiene un colmillo venenoso detrás de la cabeza y habita en la Costa Atlántica, entre Colombia y Venezuela.
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Este organismo es uno de los 8.000 ejemplares que conforman la Colección Miriapodológica (milpiés y ciempiés) del Instituto de Ciencias Naturales (ICN) de la U.N., la más grande y representativa del país, con 25 años de existencia.

El Scolopendra gigantea es un ejemplo de la gran diversidad de familias, géneros y especies que tiene Colombia y que, según el profesor Eduardo Flórez, del ICN, es un tesoro que aún está por descubrir.

“Cuando se consiga dilucidar taxonómicamente la identidad de estas especies, el país va a ocupar el primer lugar en cuanto a su número, no solo a nivel neotropical, sino mundial”, afirma el profesor Flórez.

Según el experto, la importancia ecológica de estos bichos radica en que, por ejemplo, la mayoría de especies consumen material biológico en descomposición, como la hojarasca, además de bacterias y hongos. Este material, al ser ingerido por los milpiés, acelera el proceso de reciclaje de los nutrientes del suelo.

Los ciempiés son de hábitos depredadores y se alimentan de pequeños invertebrados, principalmente insectos, con lo cual contribuyen al equilibrio ecológico del suelo.

A pesar de su nombre, los ciempiés pueden tener 15 pares de patas y hasta 170 en total; mientras que los milpiés poseen desde 12 pares hasta 375 y, a diferencia de los primeros, no eliminan veneno por medio de “colmillos”, aunque en varios segmentos corporales expelen sustancias odoríferas como método de defensa, las cuales normalmente no causan efectos en el ser humano.

Fuente: Agencia de noticias UN

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