La Universidad de los Andes realizará estudios moleculares sobre la evolución del hongo que ha acabado con muchas poblaciones de anfibios. El fin es verificar, según la ubicación geográfica de los animales, si existe una o más cepas de dicho hongo.
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La primera alarma sobre la desaparición de las ranas en el mundo surgió a finales de los años 80 cuando científicos de Costa Rica y Australia reportaron la pérdida inexplicable de poblaciones enteras en lugares donde antes abundaban.

Diez años más tarde, mientras la voz corría por todo el mundo, el fenómeno comenzó a evidenciarse en otros sitios de Centroamérica, momento en el cual un grupo de herpetólogos (especialistas en anfibios y reptiles) creó la Fuerza de Tarea sobre Declinación de Poblaciones de Anfibios (Darptf), para buscar fondos y encontrar la causa de esas declinaciones o pérdidas, que ocurrían tanto en áreas protegidas como en las que no lo estaban.

“La búsqueda generó varias hipótesis acerca de las causas: La primera, la radiación ultravioleta, pero esto sólo afectaba a ciertas especies de rana de altas latitudes como Canadá. La segunda, el Fenómeno del Niño, que solo incidía en algunas poblaciones. La tercera, el hongo patógeno Batrachochytrium dendrobatidis, que generaba la enfermedad llamada Chytridiomycosis, que atacaba peces y algunas plantas, y se estaba dispersando en Centroamérica y Australia”, explica Adolfo Amézquita Torres, director del Grupo de Ecofisiología del Comportamiento y Herpetología (Gecoh) de la Universidad de los Andes, quien ha investigado las ranas desde 1988.

Este hongo se extiende a través del agua y por tanto los animales más vulnerables son los que se reproducen en quebradas, como las 100 especies de ranas arlequines del género Atelopus, endémicas (exclusivamente distribuidas) en la región neotropical (desde Costa Rica hasta Bolivia).

Los especialistas determinaron que cuando una rana se infecta, el primer órgano en afectarse es la piel porque aumenta su grosor y no permite que el anfibio respire, excrete o absorba agua. También genera problemas renales, pérdida paulatina de movilidad, parálisis general y la muerte.

“Para comprender el efecto del hongo hay que imaginar algo microscópico que está regado por el agua de un río o una quebrada y no hay forma de controlarlo. Agregar químicos sería terrible y controlarlo biológicamente con otra especie sería mucho más complicado. Por ahora estamos atados de manos. El problema es que hay muchas especies de ranas y pocos biólogos para investigarlas”, advierte Amézquita.


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