Karla está triste. Secuestrada en un país extraño, arrancada de la compañía de su especie, forzada a largos períodos de viaje de hasta 36 horas en espacios restringidos que nada tienen que ver con su hábitat natural, y golpeada por su entrenador. Esta chimpancé de unos 40 años de edad se siente “vencida en un circo”, como explicó Tim Philips, director de campañas internacionales de ADI-Animal Defenders International, de Inglaterra.
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Philips, y el grupo de investigadores de ADI, organización que también cuenta con sedes en Estados Unidos, registraron, encubiertos, las condiciones en que viven algunos de los animales en circos de Bolivia, Ecuador y Colombia. Entre sus hallazgos se cuenta a Karla, trabajadora involuntaria de un reconocido circo colombiano.

La organización ha emprendido investigaciones y denuncias en más de 70 países sobre el maltrato de animales para entretenimiento y experimentación. Como resultado de la investigación, que tomó dos años, se lanzó la campaña contra el sufrimiento de los animales en los circos, respaldada en Colombia por las organizaciones Mentes Verdes y Resistencia Natural (REN), grupo de trabajo de la Universidad Nacional de Colombia. Justamente, uno de los integrantes de REN, el biólogo de la Universidad Nacional Jorge Bueno, explicó que la explotación de los animales en los dos ámbitos señalados obedece a la ignorancia de la relación humano-no humano, y que tal relación debería entenderse no solo en el contexto jurídico, sino en el plano ético, para comprender que los animales son seres que sienten dolor y sufren por su causa.

Sin embargo, de acuerdo con Bueno, este principio formulado hace más de 50 años, y que en Colombia se sustenta en la Ley 84 del 27 de diciembre de 1989 que protege al animal contra el sufrimiento y el dolor causado por el ser humano, no se practica en los circos al obligar a los animales a realizar tareas que van contra su naturaleza, “basando su entrenamiento y aprendizaje en técnicas conductistas violentas”.

Estas técnicas fueron ilustradas por la investigación de Philips, y de acuerdo con su testimonio y los videos obtenidos, se pudieron constatar los golpes recibidos con una cadena no solo por Karla, cuando realizaba mal algún acto, sino por otros animales como llamas, y ponis, castigados con latigazos cuando no ejecutaban las acciones que el entrenador exigía.

Así mismo, según Philips, “los animales de los circos itinerantes, principalmente, sufren un aumento permanente del ritmo cardíaco y de los índices de cortisol, una hormona que con su aumento indica elevados niveles de estrés en el animal y cuyo exceso puede ocasionar constricción de los vasos sanguíneos y acumulación grasa en el tejido adiposo, lo que influye negativamente en su fuerza muscular”.

Las evidencias presentadas por Philips y otros investigadores han permitido la prohibición de circos con animales en Austria, Singapur y Costa Rica, además de posicionar el tema en escenarios de la Unión Europea, donde gracias a la acción de ADI, se ha empezado a discutir su eliminación total de la región. En Colombia, según el investigador, el maltrato al que son sometidos los animales es producto de la escasa posibilidad de movimiento que tienen, el estrés que sufren por el confinamiento, las golpizas a las que son sometidos para aprender una rutina, las deficiencias de agua y alimento, y la negación total de su condición de animales sociales, como sucede con los simios.

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